¿Cómo pasar de la publicidad mental?

¿Cómo pasar de la publicidad mental?

Algunas ideas para que, como dice Steven Hayes, tu mente no acabe  con tu vida.

Ya sabes que la mente a veces se vuelve pesada y molesta, haciéndote eso que he llamado la publi mental (pincha aquí si no has leído ese post). Y,  como lo prometido es deuda, he preparado  éste artículo con algunas recomendaciones para pasar de ella. Pasar no es “eliminar”, es dejar de comprar los pensamientos tipo “publi” (en el caso de que sepas que comprarlos te lleva por caminos por los que no te gusta transitar).

Llevar a cabo éste “pasar de la publi mental” no es una tarea que se consiga de la noche a la mañana. Requiere entrenamiento. Ponerse en forma mentalmente, al igual que ponerse en forma físicamente, al principio es costoso. Sin embargo, se puede conseguir (aunque tu mente ya te esté haciendo publi, con pensamientos tipo: sí…pues no sé cómo, yo seguro que no lo consigo en la vida…).

Si estás dispuesta, vas a llevar a cabo una práctica informal, aquí y ahora, mientras lees el artículo. Si te parece interesante, quizá puedas ponerlo en práctica en otros momentos del día:

Paso 0. Primero, una toma de contacto con nuestro  cuerpo. Observa cómo estás respirando, en este momento. Si es una respiración superficial o profunda. Si el aire mueve tu pecho, o tu barriga, o ambos.

Simplemente observa cómo. No tienes que respirar de una forma concreta. Hazlo como si tuvieras curiosidad por saber cómo es que se está dando el hecho de respirar en este momento. A veces pasa que, al llevar la atención a la respiración, tratamos de cambiarla, si estás viviendo eso ahora, también es algo que puedes observar, con esa actitud curiosa que te mencionaba hace un instante.

Mientras observas cómo el aire circula por tu cuerpo, observa el cuerpo, la posición en la que estás, si es sentada o de pie… quizá estés con las piernas cruzadas en un sofá, sentado frente al ordenador, o balanceándote en algún transporte… Sea cual sea la posición corporal en la que estás, observa la línea que dibuja tu cuerpo, y en qué posición quedan tus pulmones en ella, si tienes el pecho cerrando el paso al aire, o los hombros ligeramente hacia atrás, dejando más hueco para el paso del aire en el proceso de tu respiración…

Si ya has logrado notar algo sobre cómo estás respirando mientras lees esto, puedes pasar al paso 2. Si te cuesta un poco y no sabes de qué hablo, no te preocupes, tómate unos minutos para ponerte en esa posición de observadora curiosa de los acontecimientos del cuerpo. 

Paso 1. Aquí y ahora. Trata de observar en qué estado de cosas está tu mente en este momento, mientras continuas respirando… y leyendo este artículo. 

Si te fijas, los pensamientos no paran, estés haciendo lo que estés haciendo. Ya sea leer, caminar, arreglar el coche, lavarte los dientes, tratar de dormir…

Si tu mente fuera un río, y los pensamientos peces, ¿dirías que lleva muchos, o pocos? ¿nadan tranquilos, o se mueven a toda prisa, agitando el agua? ¿dirías que puedes ver los peces, o sólo el agua fluyendo?

Observa el flujo del río mental… Mientras continuas respirando y leyendo estas palabras.

Si ya has “con-tactado” cómo está tu mente (como cuando pasas la mano por una superficie, y puedes tactar si es rugosa, suave…), puedes pasar al siguiente paso.

Paso 2. Pescar algún pensamiento. Imagina que puedes pescar un pensamiento en el río de la mente. De todos los peces que van nadando en él, corriente abajo, a veces uno salta y puedes ver con mayor claridad de qué pez se trata.

Si notas algún pensamiento y alcanzas a pescarlo, mira a ver qué dice ese pez. De qué está hablando… (mi mente está diciendo ahora, mientras escribo esto, los peces no hablan, qué pensará quien esté leyendo ésto sobre los peces habladores, ¿le parecerá una tontería el artículo?… Este es el pez pensamiento que yo acabo de pescar en el río de mi mente, mientras escribo). Y tú, ¿puedes pescar algún pensamiento aquí y ahora, mientras sigues leyendo? La mente es como un río, por el que transitan los peces, pensamientos de diferentes tamaños y especies, algunos son comestibles y otros nos hacen daño si nos los comemos… Aquí llega el momento del tercer paso…

Paso 3. Devolver el pez al río. Si continuas observando el río de la mente, y consigues pescar algún pensamiento… Y notar qué está diciendo ese pensamiento, también puedes, una vez observado, después de haberlo pescado, devolverlo al río… Dejarlo que siga corriente abajo, quizá continúes viéndolo delante de ti, en el agua…

Sin embargo, puedes decidir no comerte, no tragarte ese pensamiento si sabes que suele hacerte daño. Puedes observarlo como lo que es, un pensamiento que a veces pasa por el río de tu mente, porque eso es lo que hacen los peces, navegar los ríos… Y, aunque parezcan los mismos, siempre son peces distintos, aunque sean de la misma especie… Dejar que el pensamiento siga corriente abajo significa no reaccionar “comiéndotelo” cuando lo pescas, sino darte cuenta de qué tipo de pez es y, si no es comestible, o si no es hora de comer, dejarlo de nuevo en el agua…

Puedes practicar esto de observar a los peces durante el día, trata de ponerlo en práctica durante al menos una semana…

Ya sabes, al igual que el entrenamiento físico, ¡el entrenamiento mental también requiere tiempo de práctica!

     ———————————————————————————–

Hasta aquí algunas pautas para empezar a entrenarte en eso de pasar de la publi mental, que ¡al final se ha convertido en una especie de anuncios de pescadería!

pez pensamiento saltando en el río de la mente, con muy mala cara por cierto 😉

Espero que te haya resultado una mini experiencia enriquecedora, aunque sea tan sólo un primer acercamiento.

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Me yamo María Acosta. Soy sicóloga. Te hinvito a reflesionar sobre el lenguaje inclusivo. Si as tenido la templanza para poder seguir lellendo, será que debes ser una persona que incorpora la esperanza a sus actos (en este caso, acto de fe en que debe haber algo más en un texto que una buena ortografía). 

Aún así, a pesar de la esperanza, la maquinaria que utiliza tu mente para prepararte ante lo desconocido, nada más percatarse de la primera falta de ortografía, ya ha desatado su sistema de avisos y, no sé si dándote cuenta tú o sin dártela, te estaba alertando de algo, puede que de que este escrito no sería de fiar.

Esto nos sucede porque los humanos somos especialistas en traspasar las características de algo a cualquier otro algo que se le parezca, creando así un conjunto. Me explico.

Si has viajado a Italia, y lo has pasado genial, la próxima vez que te encuentres con algo-alguien de dicho país (el acento en la voz, una película, un tipo de vehículo, una comida, lo que sea), estarás predispuesto a que sea un encuentro agradable, por una cosa que en psicología se llama transformación de las funciones de un estímulo a través de un marco de relaciones (si mi viaje a Italia (A) fue Genial (B), y esta comida (C) es de Italia (A), entonces esta comida ( C) también es Genial( B); lo cual quedaría tal que así: A=B y C= A, entonces C=B).

¿Por qué explico todo esto? Porque las personas nos comportamos en base a reglas verbales de este tipo. El ejemplo de arriba es un ejemplo cualquiera de la infinitud de los que se podrían poner.

Así, si la buena ortografía es igual a buen nivel intelectual, y un buen nivel intelectual es igual artículos con contenido digno, entonces, la buena ortografía  parece asegurar que leer el artículo no será una pérdida de tiempo.

Sin embargo… todo esto que parece tan lógico, no tiene por qué resultar así. No es sino una conclusión basada en la lógica, lo cual no implica que sea literalmente la realidad.

Así, mediante este sistema extraemos conclusiones de cosas que no sabemos. Este sistema es muy útil, aunque a veces nos lleva a error.

De hecho, podrías estar leyendo este artículo (que empieza a tener una ortografía impecable) y, al terminar decirte: ¡otros 15 minutos a la basura!


Pero… ¿qué tiene que ver todo esto con el lenguaje inclusivo?


Anoche al irme a dormir le daba vueltas a este asunto. Me considero una persona feminista, con esto quiero decir que comparto el objetivo del feminismo: igualdad de oportunidades entre todos los seres humanos, sin distinciones.

Este feminismo se puede llevar a cabo de muchas formas (ya sabes que el mapa no es el territorio). Por el mismo sistema de comportamiento sometido a reglas verbales mencionado antes, cuando consideramos que estamos de acuerdo con algo, en este caso un  movimiento (el feminista), y comprobamos que hay personas feministas que hacen cosas que no nos parecen oportunas, nos planteamos si verdaderamente nosotros pertenecemos al tipo de personas que está de acuerdo con dicho movimiento.

Porque nuestro pensamiento está sometido al lenguaje, mediado por él y, el lenguaje tiene la costumbre de tejer y tejer sus redes, de vincular unas cosas con otras (nos guste o no).

¿Eres feminista? Entonces qué, ¿vas a enseñar las tetas en la calle para protestar?, preguntan algunas personas.

En otros casos les parece ridículo el lenguaje inclusivo, ellos y ellas, todos y todas, los niños y las niñas ( “qué rabia me da lo de todos y todas, qué estupidez, ¡estoy ya más harta de las feminbéciles!”… Frase que puede oírse a menudo, en gente que está muy interesada en el feminismo, aunque no se dé cuenta).

Y volviendo a lo mismo, al estar estas frases inclusivas -a veces hasta el aburrimiento- vinculadas a la corriente feminista, hay personas que rechazan el feminismo, no por su objetivo, sino por algunos hechos que forman parte de él, pero que no son él. Hechos que no son ni necesarios, ni suficientes. Hechos prescindibles para el objetivo: la igualdad de derechos y de oportunidades.

Así, si  ante un hecho vinculado al feminismo siento rabia, es probable que cuando participe de cualquier otro hecho feminista, sienta rabia (por supuesto esto tiene más complejidad de como lo estoy presentando aquí, pero para este artículo y lo que quiero transmitir, es oportuno presentarlo así de simple).

Los humanos, ante esto solemos llegar al rechazo del conjunto completo: el feminismo en este caso.

De hecho, el propio lenguaje inclusivo tiene su fundamento en que el comportamiento está sometido a reglas verbales. Concretamente en la transferencia de funciones de un estímulo cualquiera a través de la conducta verbal.

Si la manera de hablar es inclusiva, entonces esto se transferirá al comportamiento, y éste se volverá inclusivo.

Hasta aquí de acuerdo.

Sin embargo, y aquí es donde cobra sentido el título de este artículo, ¿queremos un todos y todas, o queremos conquistar-ampliar el espacio que ocupa la palabra <<todos>>? (teniendo en cuenta que las personas cuando hablamos tenemos tendencia al ahorro, a economizar el discurso).



Anoche pensaba en palabras que en español son de género femenino y que, sin embargo, el contenido que las habita, el significado (lo que representan) del significante (la palabra en sí), es mayoritariamente masculino; la primera que recordé fue la del conocido acertijo, <<eminencia>>.

Pocas personas al pensar en una eminencia en medicina incluyen en su significado a una figura femenina. Lo masculino tiene conquistados los espacios donde habitan los significados.

Toma conciencia de qué hace tu mente ante las siguientes líneas del artículo, qué se representa en tu cabeza:

Una persona astronauta.

Gerencia de un departamento de investigación.

Dirección de una empresa y su cúpula presidencial.

Una persona deportista de élite.

Una persona especialista en física cuántica.

Todas estas palabras están escritas en femenino, y sus significados son ampliamente masculinos. Así que, me pregunto si estamos yendo por el camino correcto. Porque quiero esa igualdad de derechos y oportunidades, porque quiero que hombres y mujeres compartan los espacios sin diferencias que se deban a sus genitales, me pregunto si el camino se debe seguir por la ampliación de significantes (los niños y las niñas), lo cual de alguna forma está fortaleciendo una barrera, o debemos comenzar un camino que amplifique los significados (los contenidos) de los significantes (las palabras) tales como Todos, Eminencia, Niños, Especialistas en Medicina, etc.

Es decir, comenzar un camino que amplifique y reparta los significantes entre hombres y mujeres, ya sean éstos identificados con género masculino o femenino. Porque de momento, el género masculino reina en los significantes, sean estos del signo que sean.

Se me ocurre que sería preferible cuando nos dirigimos a un grupo, hablar usando el femenino (en lugar del  manido todos y todas) y, simplemente decir todas (si me estoy dirigiendo a un grupo de personas, estaría incluyendo a todas las personas del auditorio).

Gracias a todas por haberme leído 😉

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Ayer me fui a la cama después de haber visto Buenafuente y el monólogo de Broncano en La Resistencia (por cierto…¿hay alguien que llame al programa de Buenafuente Lait Motiv?). Como te decía, me había ido a dormir, pero ocurrió algo así como apagar la tele y encender la mente.

De hecho, este artículo que escribo ahora es una de las muchas ideas que anoche se me acumulaban a empujones  detrás de los ojos cuando me fui a la cama.

Escogí ésta porque me hizo gracia imaginarme la mente como una experiencia similar a ver la televisión. ¿Que de qué hablo? Bueno, doy por hecho que has experimentado lo que ocurre al ver la tele (y también doy por hecho que has experimentado lo que ocurre cuando se tiene una mente).

Una de las cosas en las que se parecen ver la tele y tener mente es la falsa ilusión de control sobre lo que pasa ahí.

Una se dispone a elegir el contenido, incluso a ir directamente a por él, a la  zona de búsqueda. Cuando encuentras lo que buscas (¡sí, a veces ocurre!), le das al botón y empiezas a disfrutar (otras veces te conformas con lo que sea que estén emitiendo, y te tragas a los que hacen cabañas en mitad del bosque, a los leones devorando ñúes, o lo que sea).

Así que, llena de entusiasmo, empiezas a ver tu programa, serie, o lo que sea que te apetezca ver en ese momento (cuando es televisión de pago, además, das por hecho que no va a haber publicidad. Y ¡cuál es tu sorpresa!… de repente, ¡pum! ANUNCIOS… Pero ¡si es de pago!).

La tele te hace lo mismo que tu mente cuando, por ejemplo, te dispones a empezar ese libro que tantas ganas tenías de leer, o a hacer cualquier cosa que requiera un grado mínimo de atención: casi sin que te des cuenta… ¡pum! te cuela su publicidad sin que hayas tenido el más mínimo control sobre ello.

Con la mente además suele ocurrir que, te das cuenta de que estás en anuncios cuando ya llevas un rato tragándotelos. Te puede pasar algo parecido a eso que nos ha pasado a todas… pero…¿qué película estaba viendo?… Si era leer lo que hacías, y tu mente se ha ido a publi… pero… ¿de qué demonios iba este capítulo?…Si te ha pasado durante un encuentro sexual… dios mío, ¡me he ido por completo!

Esto puede pasarnos en situaciones muy variopintas, de hecho, nos puede pasar en todas las situaciones donde nos acompañe nuestra mente. De camino a casa, yendo hacia el trabajo, en el trabajo, mientras conduces, en el supermercado haciendo la compra, durante una conversación con otra persona, asistiendo a una conferencia, teniendo sexo, mientras te comes tu plato favorito, ¡mientras ves la tele!, ¡al tratar de observar a tu propia mente! al estudiar… En fin, en una infinidad de situaciones, tantas como puedas experimentar.

De la misma forma que pasa con los anuncios, la mente a veces nos ofrece contenidos que, si los compramos, nos acercamos hacia lo que queremos, o valoramos… Pero otras veces, que no son pocas, comprar lo que anuncia la mente puede llevarnos a sentir una intensidad de frustración nada desdeñable.

Y no solamente eso, sino que, sin darte cuenta, te has gastado lo que tenías (llámalo tiempo, fuerza, ánimo) en contenidos que no te llevan más que a tener la casa llena de enredos. Cuantos más contenidos mentales compras de este tipo, más ocasiones tienes de ir tropezando con ellos cuando te mueves por tu vida. ¿Te suena de algo? 

persona a punto de caer al tropezar con la misma piedra de siempre. Hace tanto por no mirarla, que se suele tropezar con ella…

Como los anuncios, la publi mental se dirige a nosotros en primera persona (también le gusta mucho utilizar  el verbo ser). Aunque se diferencia en que no lo hace en un tono tan adulador como la tele. La mente no suele decirte porque tú lo vales (por mucho que verbalices ese eslogan en voz alta).

Más bien lo que suele hacer es lo que en márketing se llama publicidad comparativa, de modo que te muestra lo mejor de los demás, en comparación con la mediocridad de ti mismo.


Una muestra de publicidad comparativa

El pensamiento tiene la capacidad de hacernos publicidad en cualquier situación de nuestro día a día. Es cierto, hay veces que estamos tan concentrados en lo que estamos haciendo, que pasamos de los anuncios y no nos gastamos nada en lo que nos ofrece la publi mental. Casi como si no existiera. Como cuando está la tele puesta pero la conversación que tienes con alguien es tan interesante que ni te enteras. Si eres uno de los afortunados que han desarrollado esta habilidad, ya sea naturalmente, o concienzudamente, ¡enhorabuena! (eso es lo que ahora llaman estar en estado mindful, o atención  plena).

Para el resto de los mortales, hay una buena noticia: esta habilidad se puede entrenar, no quiere decir que se pueda llevar a cabo siempre (es más, dudo que eso sea buena idea), pero sí que podemos tratar de dejar de consumir compulsivamente lo que la publi mental nos ofrece.

Pero, ¡¡¿eso cómo se hace?!!

No te preocupes, he preparado

este artículo con algunas herramientas para que empieces a poner en práctica eso de “pasar de los anuncios”

(en un principio lo iba a colar todo en este mismo artículo, pero he pensado que mejor digerir esta primera parte, y después tratar de pasar a la acción).

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Los tiempos están cambiando.

Hace unos años ir al psicólogo era tabú. En cierto modo, ir a psicoterapia significaba que te colgaran un sambenito (sí, como los que colgaba la Inquisición a aquellas personas a las que condenaba como pecadoras).

Ese sambenito decía “esta persona está mal de la cabeza” y, por tanto, no se podía confiar en ella demasiado. Si ibas a terapia, no debías ser fiable. Nos guste o no, esto ha sido así históricamente.

Sin embargo, hoy en día acudir a una consulta de psicología se está normalizando.

Cada vez más personas se animan a hacer psicoterapia, el mundo está cambiando muy rápidamente y, este ritmo de cambio nos genera mucha incertidumbre.

El tiempo de las certezas se ha esfumado.

Cada vez vivimos en mayor diversidad, hay más donde elegir, más con qué identificarnos, y vivir ante tantas opciones a veces es una tarea difícil.

 

Nos cuesta adaptarnos a este nuevo contexto multidiverso. Además, desarrollar habilidades en el arte de construir y habitar nuestra identidad se ha convertido en algo más necesario de lo que lo fue hace unos años.

A todo esto hay que añadir un contexto filosófico que no nos facilita la tarea.  A pesar de que transitamos una época de cambios socioculturales vertiginosa, existe una especie de nueva inquisición, un artefacto filosófico de la new age: la tiranía del bienestar.

 

En un mundo que es vertiginoso, el nuevo sambenito, el nuevo pecado es:  experimentar pensamientos, sentimientos y emociones negativas.

 

¿Y qué ocurre entonces? Que el objetivo se convierte en sentirnos bien, a toda costa. En todo momento.

Nadie quiere llevar el sambenito colgado, ¿verdad?

Nuestra mente reacciona a la tiranía del bienestar como lo hace en navidad a la omnipresencia publicitaria.

Necesitamos sentirnos bien, como necesitamos comprar: de forma compulsiva.

La mente empieza a parecerse a un radar de emociones, que pita cuando aparece la desgana, la tristeza, la ansiedad. Si llevo una racha  mala con mi pareja, si siento apatía laboral, si últimamente no disfruto como de costumbre, si me he tenido que ir lejos de donde está mi gente, si en las relaciones sexuales no hay fuegos artificiales, si me he quedado sin trabajo, si el dinero no me llega más que para sobrevivir…

Si asoma la cabeza cualquier tipo de dolor, o apatía, frustración… de repente un objetivo lo gobierna todo: eliminarlo, hacer desaparecer el malestar de mi vida y de mi cuerpo. Estamos alerta por si el radar suena.

Además, la tiranía no centra la meta en animarte a observar tu propia vida, su contexto, contemplarla, comprender qué es lo que ese malestar está diciendo y, desde ahí, valorar hasta dónde puedes llegar. No te anima a valorar qué puedes y qué no puedes hacer. Esta tiranía de la felicidad no te lleva a una postura que sea coherente con lo que es valioso para ti. No.

Tan sólo dice que debes estar bien, ser el mejor ejemplar de tu especie, y dicta lo que significa ser y estar bien: alegre, activa, optimista, tranquilo, dispuesta a todo, aventurero, segura de ti misma, infalible, en forma… A todo esto hay que añadir el adverbio de modo siempre. 

Dicta que no debes pensar determinadas cosas. Nunca. Que sentirte mal no es válido. Que elimines todo eso de tu experiencia.

Una vez que esos mensajes han calado, se pierden de vista los propios valores, los objetivos propios, para centrarnos en uno sólo: sentirnos bien a toda costa. Me cueste lo que me cueste.

Por todos lados recibimos este tipo de publicidad con respecto al “deber de sentirme bien”, frente al “derecho a sentirme mal” (basta con ver cómo triunfan empresas como MR. Wonderful para darnos una idea de la denostación que nuestra cultura le da al malestar emocional).

Por todos lados, libros, artículos, películas, programas de radio y televisión,  nos dicen: “si quieres vivir bien, tienes que sentirte bien”. “Controla y haz desaparecer tu ansiedad”. “Elimina los miedos de tu vida”. “Lucha contra la depresión”. “¿Sin tiempo para ti? Pon en marcha estos consejos para tener un cuerpo 10”… Y un largo etcétera.

Así, el malestar que experimentamos se convierte en doble. Tenemos el malestar propio de los acontecimientos vitales, más el añadido por no cumplir el canon de felicidad que se nos vende por todas partes.

Todos esos mensajes y sus repercusiones (las estrategias que empezamos a usar para luchar contra “lo malo”) no hacen sino contribuir a aumentar el dolor que sentimos.

Y es  entonces cuando el sufrimiento se abre paso. La sensación de fracaso tras la gran cantidad de ocasiones en las que no  alcanzamos la meta, cuando la meta es eliminar de nuestra experiencia emociones o pensamientos difíciles, nos duele profundamente, ese fracaso parece decir: no sabes cómo vivir una vida feliz.

Es como si esas  emociones y sensaciones (tristeza, miedo, rabia, ansiedad) se hubieran convertido en los pecados del siglo XXI.

Y no se peca solo de emoción, sino también de pensamiento. También hay pensamientos negativos que una persona no debe tener, según esa lógica misterwanderful de la que hablábamos.

Sin embargo, algo está cambiando.

Las personas se están cansando. Se cansan, nos cansamos de tener que agotar todas nuestras fuerzas luchando contra viento y marea en busca del bienestar continuado.

La lucha por el bienestar permanente es una tarea extenuante. Estamos agotadas. Y es que, ¿cómo vamos a sentirnos medianamente bien si estamos en una lucha permanente contra nuestras propias experiencias? Tenemos ejemplos de este cansancio en libros como Sonríe o muere: la trampa del pensamiento positivo. Un libro escrito por la ensayista norteamericana Bárbara Ehrenreich.

Ehrenreich, activista por la paz, ensayista, periodista, doctorada en biología y experta en inmunología celular, pasó por un proceso muy difícil en su vida. Le diagnosticaron cáncer.

Como ella misma cuenta, se decidió a escribir este libro cuando llegaron a decirle: “tienes que estar agradecida al cáncer”.

Hay momentos muy duros en la vida, como puede ser recibir un diagnóstico de una enfermedad como el cáncer. Como puede ser la muerte de alguien a quien queremos. Es normal pasar por todo un sin fin de emociones desagradables, por pensamientos horribles en una situación así.

 

 

Lo último que necesita una persona en esta situación es, añadir a su dolor el sufrimiento por no estar sintiendo lo que debería, llámese agradecimiento, llámese visión positiva ante la enfermedad, o lo que sea.

 

 

La cultura occidental ha diseñado un mapa, que a todas luces parece el mejor, el único. Tiene destellos luminosos. Como un anuncio de coca-cola. El mapa del bienestar.

Es como si la persecución de el sueño americano (que postulaba que querer es poder y que todos podemos con todo) se hubiera infiltrado en todas y cada una de las áreas de nuestra vida. Y además, que podemos solos, individualmente. Tan sólo teniendo pensamientos positivos sobre lo que ocurre. Siendo positivos.

Libros como El Secreto (un superventas del crecimiento personal) postulan que podemos modificar lo que atraemos a nuestra vida, tan sólo modificando lo que pensamos, haciendo vibrar nuestra mente en una determinada frecuencia. Puede parecer una tontería. Pero este libro, sólo en sus primeros cuatro años de vida, vendió 20 millones de copias y fue traducido a 46 idiomas. Este tipo de libros ha sabido crear un producto altamente demandado en nuestra sociedad: herramientas para alcanzar la felicidad (en este caso la herramienta publicitada es el arte de atraer lo bueno a través del pensamiento).

Todo este movimiento del pensamiento positivo conlleva un rechazo absoluto del malestar. Y no solamente esto, sino también una idea asociada, la de que cada individuo es el principal culpable de sus problemas psicológicos y también de los físicos. Y si es el causante, también puede ser él solo quien los solucione. Si tienes una enfermedad, es porque la has atraído con tu forma de pensar (duro, ¿verdad?).

Además, si cada individuo por sí solo debe poder con todo, ¿en dónde queda, por ejemplo, la lucha social?, ¿en dónde la responsabilidad de cada cultura, gobierno, contexto? No es difícil llegar a ver cómo ésta tiranía del sentirse bien puede muy bien funcionar  como elemento de control social.

Y dadas todas estas circunstancias… ¿Qué podemos hacer?

En el caso de que tengamos la sensación de insatisfacción con cómo se suceden las cosas en nuestra vida, de que hay algo que hace tiempo no anda por donde querríamos, podemos tratar de darnos cuenta de si el mapa que tenemos nos sirve o no. Tomar consciencia de qué estamos sintiendo y al servicio de qué hacemos lo que hacemos.

Ese mapa que nos llevará a la deseada felicidad… ¿nos está acercando o alejando de la vida que nos gustaría vivir? Es posible que haya a quien le sirva, en ese caso está claro que, oye, si tengo un mapa que me orienta y me funciona, ¡para qué cambiarlo!

Esa vida que deseamos, quizá sea una utopía, pero las utopías nos pueden servir como brújulas que señalen el norte.

 



Construir nuestros propios mapas es una tarea compleja. Podemos decidir hacerlo acudiendo a un especialista en psicología, o por nuestra cuenta buscando los recursos que creamos convenientes.

Imagina que quieres cruzar un territorio, y siempre que lo haces sigues la misma ruta. En ese ruta hay un momento en el que siempre te haces daño porque debes cruzar un túnel muy muy estrecho. Lo llevas haciendo años.

¿Crees que en algún momento revisarías si hay otras rutas, otros mapas, para transitar ese lugar?

Yo me preguntaría… lo que hago, ¿está orientado por mi propia brújula o por  la que me dieron? Y, sea como sea, ¿me sirve este mapa?, ¿es posible dibujar otro?, ¿sería bueno para mí modificar el mapa que utilizo en base a las experiencias que he tenido?

 

 

¿Quién dice cuál es el camino a seguir?

 

 

 

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