Pandemia de procrastinación (o la moto que te vendieron y no consigues arrancar)

Pandemia de procrastinación (o la moto que te vendieron y no consigues arrancar)

*Procrastinar: conducta evasiva que supone dejar tareas importantes para más adelante.

Párate un momento a pensar… ¿Qué tareas son las que procrastinas más?

Podríamos decir que la mayoría de los seres humanos del mundo occidental nos encontramos en 2 tipos distintos de estados vitales:

  • Estado vital en el que se siente que se está haciendo lo que se quiere
  • Estado vital en el que se siente que no se está haciendo lo que se quiere

En éste último estado vital podríamos decir que a su vez pueden darse otros 2 subestados vitales:

  • Subestado vital de malestar y angustia en el que se está en búsqueda de trabajo
  • Subestado vital de malestar y angustia en el que se está en búsqueda de otro estilo de vida (este subestado normalmente le acontece a aquéllas personas que ya tienen un trabajo/tarea rutinaria/obligación diaria/la vida resuelta-económicamente hablando-).

Es en este último subestado vital de malestar donde se le cae la máscara a toda nuestra historia de aprendizaje con respecto a lo que nos han dicho que era la vida.

Se descubre todo el pastel y ahora que la moto ya es nuestra nos damos cuenta de que no arranca, ni arrancará jamás. Y amiga, la moto nos la han vendido pero que muy cara.

La verdad es que este tema da para muchos posts y si me quedo en uno me quedaré muy corta.

Si he titulado a éste artículo procrastinación ha sido porque es uno de los síntomas del desasosiego que el capitalismo en el que vivimos inmersas nos está generando. Aunque tan sólo es uno de ellos.

Al igual que la fiebre no es síntoma de una sola enfermedad, los síntomas del capitalismo no son característicos tan sólo de él, sino que podrían deberse a otras enfermedades distintas a él.

Por ejemplo, el calentamiento global es un síntoma del sistema en el que vivimos, sin embargo podría deberse (aunque no sea así en este momento de la historia) a otras circunstancias que acaecieran en nuestro planeta.

Otros síntomas, de los que ya hablaremos en otros post, son:

  • Falta de autoestima recurrente: (sentirse mediocre o el afán desmedido por la excelencia)
  • Rechazo del cuerpo que se habita
  • Falta o pérdida de sentido vital
  • Sensación epidémica de soledad, transversal a todas las edades

Pero, ¡si es que no nos queda otra!

¿Cómo no vamos a procrastinar si nuestra mente está hiper-mega-ultra-saturada de cientos de tareas que deberías poner en práctica?

… (y que deberías poner en práctica YA, sé proactiva joder). (Así suena la voz del capitalismo en nuestra cabeza).

Hay tanto por emprender que nuestra amiga mente se queja: ¡dios mío, no puedo!, ¡mañana, mañana empiezo!, ¡lo juro!

Sí, la lista de objetivos, tareas, cursos, clases, metas… puede ser infinita.

Desde tengo que terminar ese libro que empecé en agosto, pasando por puf este culo necesita 300 horas de gimnasio, hasta tendría que apuntarme a ese curso de dothraki (como si te fuesen a nombrar la Khaleesi de tu barrio en unos días y claaro…¿¡cómo es que no hablas ya dothraki!?).

Los ejemplos de arriba pueden parecer una gilipollez.

Y la verdad es que lo son. Pero eso no le importa a nuestra habilidad humana para comprar cualquier cosa que esté identificada con «LA-RECETA-DE-LA-FELICIDAD».

Y este sistema en el que vivimos es el mejor caldo de cultivo para abotargarnos con recetas de este tipo. Recetas que te aseguran un futuro tan feliz que lo mejor será abandonar la vida de mierda que llevas, para perseguir esa otra vida fabulosa donde los unicornios de misterguonderful vomitan arcoiris de colores (con un efecto parecido al soma del mundo feliz de Aldous Huxley).

Unicornio de MisterWonderful vendiéndote una gran mentira

Cuantas más recetas compres, más posibilidades de vivir en unicorniolandia, donde por fin serás una lectora empedernida. Allí tendrás el cuerpo de Khal Drogo, y no habrá persona que se te resista, sea hombre o mujer. Hablarás tantos idiomas que podrás montar, por fin, tu propia ONU alternativa y verdaderamente humanista…

Lo peor de todo esto no es que desees ser una lectora empedernida, o lo que sea. Lo peor de este abuso del capitalismo es que el deseo es en sí mismo un estado de parálisis.

Deseo viene en última instancia de la palabra latina desidia… y, ¿sabes cuál es la raíz de esta palabra?

La raíz es desidere, que significa detenerse. Permanecer sentado.

De manera que, incluso la etimología de la palabra deseo, que es lo que el capitalismo explota para su propio beneficio (beneficio, el suyo, político), nos está alertando de que la exacerbación de los deseos puede estar vinculada con la parálisis.

Entonces, ¿qué nos queda?

Si el bombardeo que recibimos nos lleva a la verdadera desidia (o pereza)… quizá tendríamos que comenzar por revisar lo que deseamos.

Lo que deseamos, eso que contemplamos con anhelo… ¿tiene que ver con lo que verdaderamente te importa?

Este no es un trabajo fácil, el desenredar nuestros valores de los deseos que como metralla se han incrustado en nuestra existencia. Nos va a llevar tiempo. Y esfuerzo.

Pero es posible que el primer paso, lo primero que haya que hacer sea justamente, desiderare. Echar de menos. Permitirte sentir el echar de menos. Dejar de comprar recetas que prometan terminar con ese vacío. Sentir ese hueco. ¿Qué había antes ahí que ahora echas de menos?

Llenarlo con tareas infinitas quizá sólo ensanche el hueco a la larga.

¿Qué echas de menos? Es posible que en ese sentimiento haya muchas respuestas con respecto a qué es lo que te importa de verdad.

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(y por qué a veces las explicaciones que nos damos sobre lo que ocurre no son válidas)

¿Sabías que en junio también es otoño?

Hace unos días estaba con mis sobrinos en un parque de mi pueblo. Justo los días en que empezó a hacer algo de frío. Había muchas hojas por el suelo. En un momento dado, una hoja cayó al suelo, pasando cerca de una de mis sobrinas. Papá, ¡una hoja!… Y su padre, que es mi hermano, le contestó: Claro, porque es otoño.

Fue como un resumen perfecto de nuestra manera de asimilar los fenómenos que se dan en el mundo.

Una persona adulta con habilidades verbales (de 39 años), interactuando con su hija, una persona en desarrollo y en plena adquisición de dichas habilidades verbales (mi sobrina, de 5 años).

Y un acontecimiento: una hoja que cae al suelo, pasando a formar parte de otras muchas hojas que ya habían caído. Colaborando en construir eso que llamamos otoño. La niña observa el acontecimiento, y lo señala: ¡una hoja!…Y, por último: una explicación del fenómeno: …porque es otoño.

Las hojas caen de los árboles porque es otoño.

Conforme con la explicación, probablemente todo niño que escuche esta frase (y adulto también), sienta que su conocimiento del mundo se ha ampliado.

Sin embargo, esa hoja que cayó pasando cerca de una niña para asombrarla… no se caía del árbol porque fuera otoño.

El origen, explicación y causa de su caída había comenzado mucho antes.

A finales de junio (unos 4 meses antes de aquél día en el parque) la cantidad de luz que recibían los árboles ya había empezado a escasear en algunas zonas del mundo.

En Guadix, que es donde nos encontrábamos, así sucede, los días se hacen cada vez más cortos desde final de junio.

A los árboles les cuesta horrores conseguir luz suficiente para que se de la fotosíntesis. Así, sin el contexto apropiado para realizar la fotosíntesis, los árboles no pueden conseguir los nutrientes necesarios. Las hojas que antes estaban verdes empiezan a amarillear.

Empiezan a parecerse a la tristeza. Hasta que, llegado cierto punto de no retorno, la hoja se cae (con algún empujoncillo de viento).

Esa hoja caída, ya había empezado a caerse en junio. De modo que ya en junio había algo del otoño. ¿O no?

Visto así, decir que las hojas se caen porque es otoño es casi casi como no decir nada. No es una explicación de por qué ha caído la hoja. Tampoco nos hace conocer mejor los fenómenos del mundo.

Las hojas se caen de los árboles debido a una multiplicidad de acontecimientos, repartidos a lo largo del tiempo y el espacio. Por una conjunción de hechos. Hechos que sucedieron hace mucho más tiempo del que cabe esperar. Que están ocurriendo en este mismo instante y hechos que en principio no parecen tener relación alguna con la hoja del parque (el movimiento gravitatorio de la tierra, su recorrido alrededor del sol, su movimiento de traslación, etc.). También se suman eventos que ocurren instantes antes de la caída… el aire empuja la hoja, como gota que colma un vaso.

Y, sin embargo, decir que las hojas caen porque es otoño nos sirve . Nos ayuda a comunicarnos.

También nos sirve, como sociedad, decir que estamos mal porque tenemos depresión. Nos ayuda a comunicarnos.

Sin embargo, si necesitásemos ayudar al árbol a curarse del otoño… no sabríamos ni por dónde empezar.

Decir que la pérdida del sentido de la vida se debe a la depresión, es como decir que la hoja se cae porque es otoño.

No nos damos cuenta de que es a esa pérdida a lo que llamamos depresión. Y describir, dar un nombre a algo, no explica ese algo. Llamar otoño a la caída de las hojas no explica por qué se caen las hojas.

Además… ¿Cómo curar a los árboles del otoño? Es más… ¿es buena idea eliminar el otoño?

¿Y si intentar eliminar nuestros otoños, a la larga, es lo que nos hace sentirnos enfermos?

Para empezar a gestionar la caída de las hojas de otra forma, hay que empezar a observar esa caída desde un punto de vista diferente.

Al principio, el otoño nos parece la explicación y el problema. Lo supone todo.

Eliminar el otoño parece lo más sensato.

Muchas personas que hemos acudido a consulta hemos luchado contra el otoño de diversas maneras.

Nos parece lo más sensato porque nos confundimos con la hoja caída.

Damos por hecho que somos la hoja.

Pero, ¿si miramos desde el punto de vista del árbol?

¿Un árbol es sus hojas?

Los árboles las cambian a menudo. Las pierden, y les vuelven a crecer.

Son hojas parecidas, pero son distintas. Eso es lo que nos sucede a los humanos con nuestras emociones, nuestros pensamientos… Nos crecen, y se nos caen. Y nos vuelven a crecer.

Es gracias a la luz que los árboles pueden realizar la fotosíntesis. Así pueden nutrirse. Y tener hojas.

Para que un árbol tenga hojas, hace falta luz.

Pero también necesitan tierra, agua, raíces, podredumbre, necesitan alimentarse de sus hojas caídas, abonarse con ellas… para poder seguir viviendo.

Los humanos nos parecemos a los árboles.

Aunque somos unos seres vivos en cierto modo extraños. Nuestro instinto vital parece estar impulsado por algo abstracto, algo que no es una cosa material, que no puede delimitarse: los valores. Aquello que nos importa.

A veces parece que esos valores han desaparecido del horizonte. Nubes negras nos los tapan. Nos hacen sentir que ya no hay dirección posible hacia ellos. Es como si un árbol dejase de crecer hacia el sol, porque el sol está cubierto de nubes.

Nos damos por vencidos. Si no tenemos hojas, entonces qué nos queda. Nos olvidamos de que aún nos queda la tierra, el agua, de que es importante hacer crecer nuestras raíces. De que las hojas caídas a nuestro alrededor, son abono para la existencia. Que sólo de esa manera, pasado un tiempo, volverán otras hojas a crecerse en nuestras ramas.

No somos la hoja que se cae. La hoja que cae no es el empujón de viento que la ha llevado al suelo. La emoción que sentimos no es el hecho que la ha desencadenado.

Es como si la hoja fuese uno de los testimonios de la biografía del árbol. Pero no es el árbol.

Los valores están siempre disponibles. El sol está siempre disponible. Están al alcance de una llamada de teléfono. Están en la posibilidad de sonreír a tu vecina. Están en ese instante en que podías decirle o demostrarle a un amigo lo mucho que te importa.

Lo que te importa está presente en cada acto que escoges poner en marcha.

Como árbol, no sólo necesitamos luz, sino que también necesitamos de la tierra, que a veces está húmeda y oscura, necesitamos el agua. Cuando las nubes tapan el sol, tenemos que seguir en contacto con la tierra. En la tierra, aunque parezca extraño, también hay luz que recibir del sol.

A veces, dejamos de hacer crecer nuestras raíces. Pensamos que sin hojas, sin la alegría de su verde, ya no merece la pena el esfuerzo.

Pero los árboles no sólo viven a través de las hojas.

Necesitan raíces para sostenerse. También necesitan de otros árboles.

Un árbol sin más árboles a su alrededor va a tener muchas más dificultades para sobrevivir en momentos difíciles.

Las acciones orientadas a lo que verdaderamente nos importa son las que hacen a nuestras raíces más fuertes.

Ahora ya sabes un poco más sobre por qué se caen las hojas de los árboles, y por qué no sentir alegría también forma parte del ciclo de la existencia.

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