El cuento de la independencia

El cuento de la independencia

Tu fortaleza reside en tu autosuficiencia. Las personas felices no necesitan a nadie. Las personas felices y fuertes no necesitan a los demás para serlo. Además, saben alejar a las personas tóxicas. Son independientes, saben que pueden con cualquier cosa, y que pueden solas. Tú también puede ser independiente.

Frases como éstas escriben el cuento.

Pero no somos seres independientes. No lo hemos sido jamás.

Empezando por nuestro pensamiento que se sostiene en el lenguaje, tela con con la que tejemos nuestra identidad, tela tejida a lo largo de los siglos de experiencia humana. Experiencias ancestrales condensadas en la palabra.

No somos independientes. Pero es que además, nunca ha existido una época en la historia de la humanidad en la que hayamos dependido más unas personas de las otras.

Hasta tal punto somos dependientes que si nos cerraran el grifo, no sabríamos dónde encontrar agua. El grifo puede ser literal, o metafórico.

Aunque parezca mentira, vivimos en la sociedad de la confianza.

Cada paso que damos está más o menos asegurado. Confiamos en que si pulsamos el interruptor de la luz, tendremos luz.

Si abrimos el grifo, habrá agua. Si bajamos al súper, habrá comida.

Si necesitamos atención médica, habrá cura.

Todo esto lo damos por hecho.

Creemos que es el orden natural de la cosas, que la vida funciona así.

Depositamos nuestra confianza en otros a cada instante. El estado del bienestar se sustenta en redes de apoyo, que han sido invisibilizadas. Y cuando algo no es visible, es fácil no tener en cuenta su importancia.

Cuando vemos que hay personas que no tienen agua corriente en su casa, o que no tienen casa. Cuando asoma un resquicio de esa otra realidad (por cierto, en la que viven la mayor parte de los seres humanos), nos quedamos asombrados. Casi no nos lo podemos creer.

Pensamos, ¿cómo es posible?

En ese contexto de dependencias invisibles en el que vivimos, nos han ido susurrando que somos seres independientes. Que el ser humano pleno es el ser humano autosuficiente. Nos lo han repetido tanto y las contingencias han sido tan congruentes a esa narrativa, que nos lo hemos creído del todo.

Así, cuando sentimos que necesitamos a los demás… como dice una amiga: se nos abren las carnes.

Me refiero a cuando sentimos en el cuerpo vívidamente que necesitamos la alteridad de un otro para existir, para elaborar y tener una identidad.

Para ser la persona que somos.

Cuando nos hacemos conscientes de ésta insuficiencia individual, entonces sentimos miedo, nos da vértigo la consciencia de la necesidad.

¿Es que no me basto y me sobro?

Los seres humanos autosuficientes y plenos deben ser capaces de desprenderse de cualquier cosa y de reinventarse. De saber crear una identidad nueva sea cual sea la circunstancia. Y deben motivados y agradecidos a la oportunidad de experimentar un cambio.

Sonríe, sé fuerte, y que no se te vea la tragedia asomar entre los dientes.

Zygmunt Bauman llama a esa vida, en la que el cambio es al mismo tiempo exigencia y alimento de nuestro día a día, la vida líquida.

Una vida dictatorial. Donde el cambio ya no es una capacidad adaptativa, sino una exigencia del mercado.

Hace décadas algunas empresas en EEUU comenzaron a reinventarse de un día para otro. Incluso teniendo sobrado éxito. No lo hacían porque necesitaran cambiar, sino para demostrar que eran capaces de ello.

Rodaran las cabezas que rodaran.

Identidades de usar y tirar, en este caso empresariales.

En nuestro mundo actual la norma es: o cambias o desapareces.

En esa vertiginosa manera de vivir, no hay tiempo para los afectos. «Necesitar» en términos afectivos, es un lastre.

En el Banquete de Platón, entre vinos y comensales, Aristófanes cuenta ese mito de la antigüedad en el que los primeros seres humanos eran concebidos como unas criaturas redondas, con cuatro brazos y cuatro piernas, y dos rostros contrapuestos en una misma cabeza, seres de fuerza y perfección extraordinaria. Pero que en su afán por imitar a los dioses, fueron castigados por Zeus.

El dios los cortó verticalmente. Dejándolos así debilitados. Incompletos.

Aconsejado por Apolo, les dejó el ombligo, una cicatriz como recuerdo de la unidad perdida.

Es una estupenda metáfora para mostrar la insuficiencia que nos empuja a relacionarnos con otros, a necesitar a los otros.

Amor como reconocimiento de la autosuficiencia imposible.

Como el amor que un hijo padece hacia su madre cuando busca el alimento. Ese amor es puro. Es un amor natural.

Al hablar de ese amor como una necesidad del bebé hacia su madre, pareciera el amor ensombrecerse.

Qué difícil nos resulta decir «te necesito» sin avergonzarnos.

Así son muchas las ocasiones en que no buscamos ayuda. O si la buscamos, la disfrazamos de otra cosa.

Recordemos el cuento: Los seres independientes emocionalmente dejan de serlo cuando se apoyan en los demás.

El reparo para pedir ayuda es menor para cosas materiales.

Déjame el taladro. Oye, ¿me ayudas a colgar esta estantería? Necesito el coche, me lo prestas por fa, sólo esta noche. ¿Me acompañas de compras? Necesito unos pantalones… Mira quién actúa el sábado, ¿te vienes conmigo?

Mucho menos habitual es pedirle a alguien directamente que nos ayude o acompañe con nuestro malestar, decirle que necesitamos su atención, su amor o su cuidado.

Estoy jodida, ¿podemos vernos?

Nos da menos reparo necesitar ropa que necesitar amor.

Así son las normas de esta sociedad de consumo en la que vivimos.

Somos tan torpes pidiendo ayuda de este tipo que no es raro que la caguemos muchísimo. Esperando por ejemplo a que la otra persona se de cuenta de nuestra necesidad (decir yo necesito acordémonos que da vergüenza)… y esperamos tanto, a veces, que terminamos exigiéndolo a gritos (literales o metafóricos).

¿Cuántas veces te has molestado con esa amistad que no te llama? ¿Cuántas veces te has mosqueado con alguien por no prestarte la atención necesaria, por no saber ya (a estas alturas) leer entre líneas?

La mayor parte de las veces, no decimos nada. No mostramos nuestra necesidad del amor de los demás. De su compañía.

Nos recuerda Emilio LLedó, en su Elogio de la infelicidad, las palabras de la República platónica, donde Platón nos dice: «Pues bien, la polis nace, en mi opinión, por darse la circunstancia de que ninguno de nosotros se basta a sí mismo, sino que necesita de muchas cosas».

Quizá esta situación que estamos viviendo de pandemia, además de una terrible tragedia global, sea una oportunidad para dirigirnos hacia una cultura del cuidado, del reconocimiento de nuestras vulnerabilidades como individuos y como sociedades.

Si no las reconocemos, si nos consideramos (como nos cuenta el cuento del liberalismo) individuos autosuficientes, independientes, que no necesitan un sostén social ni político, seguiremos recortando en salud pública, en derechos laborales e individuales, en investigación y ciencia, en cultura, en políticas migratorias, en educación…

Es necesario reconocer que somos seres necesitados de amor, de cuidados, seres incompletos, insuficientes en nuestra individualidad, vulnerables, seres que se sostienen en una red invisible de dependencias.

Nos han querido hacer creer que nadie sufraga esa red, diciéndonos que la dependencia no existe, o si existe que es una desgracia. No es una desgracia, es una realidad que debe (ya no es que lo merezca, que también) ser reconocida, y quienes en su individualidad sostienen y tejen esa red, merecen un trato justo, salarios justos.

Quienes en su individualidad sostienen y tejen esa red, merecen un trato social justo, comenzando por sus derechos laborales.

Sufragan esa red multitud de personas, desde miles y miles de mujeres que dedican su vida al cuidado de otros, pasando por las personas trabajadoras del sector alimentario, del sector sanitario, del transporte, las miles de personas que se encargan de que nuestras calles, instituciones y casas estén limpias e higienizadas, no podemos olvidarnos de quiénes, viviendo en otros países, también trabajan para nuestro estado de bienestar.

Todas esas individualidades han sostenido desde siempre y están sosteniendo hoy una red de cuidados para que nuestra absoluta vulnerabilidad, para que nuestra patente dependencia, sea menos dolorosa, para que podamos seguir como sociedad, en mitad de una pandemia, hacia adelante.

No sigamos contando y leyendo el cuento de la independencia autosuficiente.

La mejor forma de asegurarnos la libertad, como decía Hannah Arendt, es librarnos de la necesidad (en el sentido de cubrir esas necesidades, no de ignorarlas). Para cubrirlas sin caer en terribles injusticias, es necesario un reconocimiento amparado en derechos sociales.

Nuestra salud mental está directamente relacionada con la calidad de esos derechos sociales, amplia literatura científica lo confirma*.

Lo que vayamos a hacer con los datos científicos depende de nosotros como sociedad.

*Visita los informes SESPAS sobre salud pública

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Podríamos decir que la mayoría de los seres humanos del mundo occidental nos encontramos en 2 tipos distintos de estados vitales:

  • Estado vital en el que se siente que se está haciendo lo que se quiere
  • Estado vital en el que se siente que no se está haciendo lo que se quiere

En éste último estado vital podríamos decir que a su vez pueden darse otros 2 subestados vitales:

  • Subestado vital de malestar y angustia en el que se está en búsqueda de trabajo
  • Subestado vital de malestar y angustia en el que se está en búsqueda de otro estilo de vida (este subestado normalmente le acontece a aquéllas personas que ya tienen un trabajo/tarea rutinaria/obligación diaria/la vida resuelta-económicamente hablando-).

Es en este último subestado vital de malestar donde se le cae la máscara a toda nuestra historia de aprendizaje con respecto a lo que nos han dicho que era la vida.

Se descubre todo el pastel y ahora que la moto ya es nuestra nos damos cuenta de que no arranca, ni arrancará jamás. Y amiga, la moto nos la han vendido pero que muy cara.

La verdad es que este tema da para muchos posts y si me quedo en uno me quedaré muy corta.

Si he titulado a éste artículo procrastinación ha sido porque es uno de los síntomas del desasosiego que el capitalismo en el que vivimos inmersas nos está generando. Aunque tan sólo es uno de ellos.

Al igual que la fiebre no es síntoma de una sola enfermedad, los síntomas del capitalismo no son característicos tan sólo de él, sino que podrían deberse a otras enfermedades distintas a él.

Por ejemplo, el calentamiento global es un síntoma del sistema en el que vivimos, sin embargo podría deberse (aunque no sea así en este momento de la historia) a otras circunstancias que acaecieran en nuestro planeta.

Otros síntomas, de los que ya hablaremos en otros post, son:

  • Falta de autoestima recurrente: (sentirse mediocre o el afán desmedido por la excelencia)
  • Rechazo del cuerpo que se habita
  • Falta o pérdida de sentido vital
  • Sensación epidémica de soledad, transversal a todas las edades

Pero, ¡si es que no nos queda otra!

¿Cómo no vamos a procrastinar si nuestra mente está hiper-mega-ultra-saturada de cientos de tareas que deberías poner en práctica?

… (y que deberías poner en práctica YA, sé proactiva joder). (Así suena la voz del capitalismo en nuestra cabeza).

Hay tanto por emprender que nuestra amiga mente se queja: ¡dios mío, no puedo!, ¡mañana, mañana empiezo!, ¡lo juro!

Sí, la lista de objetivos, tareas, cursos, clases, metas… puede ser infinita.

Desde tengo que terminar ese libro que empecé en agosto, pasando por puf este culo necesita 300 horas de gimnasio, hasta tendría que apuntarme a ese curso de dothraki (como si te fuesen a nombrar la Khaleesi de tu barrio en unos días y claaro…¿¡cómo es que no hablas ya dothraki!?).

Los ejemplos de arriba pueden parecer una gilipollez.

Y la verdad es que lo son. Pero eso no le importa a nuestra habilidad humana para comprar cualquier cosa que esté identificada con «LA-RECETA-DE-LA-FELICIDAD».

Y este sistema en el que vivimos es el mejor caldo de cultivo para abotargarnos con recetas de este tipo. Recetas que te aseguran un futuro tan feliz que lo mejor será abandonar la vida de mierda que llevas, para perseguir esa otra vida fabulosa donde los unicornios de misterguonderful vomitan arcoiris de colores (con un efecto parecido al soma del mundo feliz de Aldous Huxley).

Unicornio de MisterWonderful vendiéndote una gran mentira

Cuantas más recetas compres, más posibilidades de vivir en unicorniolandia, donde por fin serás una lectora empedernida. Allí tendrás el cuerpo de Khal Drogo, y no habrá persona que se te resista, sea hombre o mujer. Hablarás tantos idiomas que podrás montar, por fin, tu propia ONU alternativa y verdaderamente humanista…

Lo peor de todo esto no es que desees ser una lectora empedernida, o lo que sea. Lo peor de este abuso del capitalismo es que el deseo es en sí mismo un estado de parálisis.

Deseo viene en última instancia de la palabra latina desidia… y, ¿sabes cuál es la raíz de esta palabra?

La raíz es desidere, que significa detenerse. Permanecer sentado.

De manera que, incluso la etimología de la palabra deseo, que es lo que el capitalismo explota para su propio beneficio (beneficio, el suyo, político), nos está alertando de que la exacerbación de los deseos puede estar vinculada con la parálisis.

Entonces, ¿qué nos queda?

Si el bombardeo que recibimos nos lleva a la verdadera desidia (o pereza)… quizá tendríamos que comenzar por revisar lo que deseamos.

Lo que deseamos, eso que contemplamos con anhelo… ¿tiene que ver con lo que verdaderamente te importa?

Este no es un trabajo fácil, el desenredar nuestros valores de los deseos que como metralla se han incrustado en nuestra existencia. Nos va a llevar tiempo. Y esfuerzo.

Pero es posible que el primer paso, lo primero que haya que hacer sea justamente, desiderare. Echar de menos. Permitirte sentir el echar de menos. Dejar de comprar recetas que prometan terminar con ese vacío. Sentir ese hueco. ¿Qué había antes ahí que ahora echas de menos?

Llenarlo con tareas infinitas quizá sólo ensanche el hueco a la larga.

¿Qué echas de menos? Es posible que en ese sentimiento haya muchas respuestas con respecto a qué es lo que te importa de verdad.

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Lo que no sabías del otoño

Lo que no sabías del otoño

(y por qué a veces las explicaciones que nos damos sobre lo que ocurre no son válidas)

¿Sabías que en junio también es otoño?

Hace unos días estaba con mis sobrinos en un parque de mi pueblo. Justo los días en que empezó a hacer algo de frío. Había muchas hojas por el suelo. En un momento dado, una hoja cayó al suelo, pasando cerca de una de mis sobrinas. Papá, ¡una hoja!… Y su padre, que es mi hermano, le contestó: Claro, porque es otoño.

Fue como un resumen perfecto de nuestra manera de asimilar los fenómenos que se dan en el mundo.

Una persona adulta con habilidades verbales (de 39 años), interactuando con su hija, una persona en desarrollo y en plena adquisición de dichas habilidades verbales (mi sobrina, de 5 años).

Y un acontecimiento: una hoja que cae al suelo, pasando a formar parte de otras muchas hojas que ya habían caído. Colaborando en construir eso que llamamos otoño. La niña observa el acontecimiento, y lo señala: ¡una hoja!…Y, por último: una explicación del fenómeno: …porque es otoño.

Las hojas caen de los árboles porque es otoño.

Conforme con la explicación, probablemente todo niño que escuche esta frase (y adulto también), sienta que su conocimiento del mundo se ha ampliado.

Sin embargo, esa hoja que cayó pasando cerca de una niña para asombrarla… no se caía del árbol porque fuera otoño.

El origen, explicación y causa de su caída había comenzado mucho antes.

A finales de junio (unos 4 meses antes de aquél día en el parque) la cantidad de luz que recibían los árboles ya había empezado a escasear en algunas zonas del mundo.

En Guadix, que es donde nos encontrábamos, así sucede, los días se hacen cada vez más cortos desde final de junio.

A los árboles les cuesta horrores conseguir luz suficiente para que se de la fotosíntesis. Así, sin el contexto apropiado para realizar la fotosíntesis, los árboles no pueden conseguir los nutrientes necesarios. Las hojas que antes estaban verdes empiezan a amarillear.

Empiezan a parecerse a la tristeza. Hasta que, llegado cierto punto de no retorno, la hoja se cae (con algún empujoncillo de viento).

Esa hoja caída, ya había empezado a caerse en junio. De modo que ya en junio había algo del otoño. ¿O no?

Visto así, decir que las hojas se caen porque es otoño es casi casi como no decir nada. No es una explicación de por qué ha caído la hoja. Tampoco nos hace conocer mejor los fenómenos del mundo.

Las hojas se caen de los árboles debido a una multiplicidad de acontecimientos, repartidos a lo largo del tiempo y el espacio. Por una conjunción de hechos. Hechos que sucedieron hace mucho más tiempo del que cabe esperar. Que están ocurriendo en este mismo instante y hechos que en principio no parecen tener relación alguna con la hoja del parque (el movimiento gravitatorio de la tierra, su recorrido alrededor del sol, su movimiento de traslación, etc.). También se suman eventos que ocurren instantes antes de la caída… el aire empuja la hoja, como gota que colma un vaso.

Y, sin embargo, decir que las hojas caen porque es otoño nos sirve . Nos ayuda a comunicarnos.

También nos sirve, como sociedad, decir que estamos mal porque tenemos depresión. Nos ayuda a comunicarnos.

Sin embargo, si necesitásemos ayudar al árbol a curarse del otoño… no sabríamos ni por dónde empezar.

Decir que la pérdida del sentido de la vida se debe a la depresión, es como decir que la hoja se cae porque es otoño.

No nos damos cuenta de que es a esa pérdida a lo que llamamos depresión. Y describir, dar un nombre a algo, no explica ese algo. Llamar otoño a la caída de las hojas no explica por qué se caen las hojas.

Además… ¿Cómo curar a los árboles del otoño? Es más… ¿es buena idea eliminar el otoño?

¿Y si intentar eliminar nuestros otoños, a la larga, es lo que nos hace sentirnos enfermos?

Para empezar a gestionar la caída de las hojas de otra forma, hay que empezar a observar esa caída desde un punto de vista diferente.

Al principio, el otoño nos parece la explicación y el problema. Lo supone todo.

Eliminar el otoño parece lo más sensato.

Muchas personas que hemos acudido a consulta hemos luchado contra el otoño de diversas maneras.

Nos parece lo más sensato porque nos confundimos con la hoja caída.

Damos por hecho que somos la hoja.

Pero, ¿si miramos desde el punto de vista del árbol?

¿Un árbol es sus hojas?

Los árboles las cambian a menudo. Las pierden, y les vuelven a crecer.

Son hojas parecidas, pero son distintas. Eso es lo que nos sucede a los humanos con nuestras emociones, nuestros pensamientos… Nos crecen, y se nos caen. Y nos vuelven a crecer.

Es gracias a la luz que los árboles pueden realizar la fotosíntesis. Así pueden nutrirse. Y tener hojas.

Para que un árbol tenga hojas, hace falta luz.

Pero también necesitan tierra, agua, raíces, podredumbre, necesitan alimentarse de sus hojas caídas, abonarse con ellas… para poder seguir viviendo.

Los humanos nos parecemos a los árboles.

Aunque somos unos seres vivos en cierto modo extraños. Nuestro instinto vital parece estar impulsado por algo abstracto, algo que no es una cosa material, que no puede delimitarse: los valores. Aquello que nos importa.

A veces parece que esos valores han desaparecido del horizonte. Nubes negras nos los tapan. Nos hacen sentir que ya no hay dirección posible hacia ellos. Es como si un árbol dejase de crecer hacia el sol, porque el sol está cubierto de nubes.

Nos damos por vencidos. Si no tenemos hojas, entonces qué nos queda. Nos olvidamos de que aún nos queda la tierra, el agua, de que es importante hacer crecer nuestras raíces. De que las hojas caídas a nuestro alrededor, son abono para la existencia. Que sólo de esa manera, pasado un tiempo, volverán otras hojas a crecerse en nuestras ramas.

No somos la hoja que se cae. La hoja que cae no es el empujón de viento que la ha llevado al suelo. La emoción que sentimos no es el hecho que la ha desencadenado.

Es como si la hoja fuese uno de los testimonios de la biografía del árbol. Pero no es el árbol.

Los valores están siempre disponibles. El sol está siempre disponible. Están al alcance de una llamada de teléfono. Están en la posibilidad de sonreír a tu vecina. Están en ese instante en que podías decirle o demostrarle a un amigo lo mucho que te importa.

Lo que te importa está presente en cada acto que escoges poner en marcha.

Como árbol, no sólo necesitamos luz, sino que también necesitamos de la tierra, que a veces está húmeda y oscura, necesitamos el agua. Cuando las nubes tapan el sol, tenemos que seguir en contacto con la tierra. En la tierra, aunque parezca extraño, también hay luz que recibir del sol.

A veces, dejamos de hacer crecer nuestras raíces. Pensamos que sin hojas, sin la alegría de su verde, ya no merece la pena el esfuerzo.

Pero los árboles no sólo viven a través de las hojas.

Necesitan raíces para sostenerse. También necesitan de otros árboles.

Un árbol sin más árboles a su alrededor va a tener muchas más dificultades para sobrevivir en momentos difíciles.

Las acciones orientadas a lo que verdaderamente nos importa son las que hacen a nuestras raíces más fuertes.

Ahora ya sabes un poco más sobre por qué se caen las hojas de los árboles, y por qué no sentir alegría también forma parte del ciclo de la existencia.

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Algunas ideas para que, como dice Steven Hayes, tu mente no acabe  con tu vida.

Ya sabes que la mente a veces se vuelve pesada y molesta, haciéndote eso que he llamado la publi mental (pincha aquí si no has leído ese post). Y,  como lo prometido es deuda, he preparado  éste artículo con algunas recomendaciones para pasar de ella. Pasar no es “eliminar”, es dejar de comprar los pensamientos tipo “publi” (en el caso de que sepas que comprarlos te lleva por caminos por los que no te gusta transitar).

Llevar a cabo éste “pasar de la publi mental” no es una tarea que se consiga de la noche a la mañana. Requiere entrenamiento. Ponerse en forma mentalmente, al igual que ponerse en forma físicamente, al principio es costoso. Sin embargo, se puede conseguir (aunque tu mente ya te esté haciendo publi, con pensamientos tipo: sí…pues no sé cómo, yo seguro que no lo consigo en la vida…).

Si estás dispuesta, vas a llevar a cabo una práctica informal, aquí y ahora, mientras lees el artículo. Si te parece interesante, quizá puedas ponerlo en práctica en otros momentos del día:

Paso 0. Primero, una toma de contacto con nuestro  cuerpo. Observa cómo estás respirando, en este momento. Si es una respiración superficial o profunda. Si el aire mueve tu pecho, o tu barriga, o ambos.

Simplemente observa cómo. No tienes que respirar de una forma concreta. Hazlo como si tuvieras curiosidad por saber cómo es que se está dando el hecho de respirar en este momento. A veces pasa que, al llevar la atención a la respiración, tratamos de cambiarla, si estás viviendo eso ahora, también es algo que puedes observar, con esa actitud curiosa que te mencionaba hace un instante.

Mientras observas cómo el aire circula por tu cuerpo, observa el cuerpo, la posición en la que estás, si es sentada o de pie… quizá estés con las piernas cruzadas en un sofá, sentado frente al ordenador, o balanceándote en algún transporte… Sea cual sea la posición corporal en la que estás, observa la línea que dibuja tu cuerpo, y en qué posición quedan tus pulmones en ella, si tienes el pecho cerrando el paso al aire, o los hombros ligeramente hacia atrás, dejando más hueco para el paso del aire en el proceso de tu respiración…

Si ya has logrado notar algo sobre cómo estás respirando mientras lees esto, puedes pasar al paso 2. Si te cuesta un poco y no sabes de qué hablo, no te preocupes, tómate unos minutos para ponerte en esa posición de observadora curiosa de los acontecimientos del cuerpo. 

Paso 1. Aquí y ahora. Trata de observar en qué estado de cosas está tu mente en este momento, mientras continuas respirando… y leyendo este artículo. 

Si te fijas, los pensamientos no paran, estés haciendo lo que estés haciendo. Ya sea leer, caminar, arreglar el coche, lavarte los dientes, tratar de dormir…

Si tu mente fuera un río, y los pensamientos peces, ¿dirías que lleva muchos, o pocos? ¿nadan tranquilos, o se mueven a toda prisa, agitando el agua? ¿dirías que puedes ver los peces, o sólo el agua fluyendo?

Observa el flujo del río mental… Mientras continuas respirando y leyendo estas palabras.

Si ya has “con-tactado” cómo está tu mente (como cuando pasas la mano por una superficie, y puedes tactar si es rugosa, suave…), puedes pasar al siguiente paso.

Paso 2. Pescar algún pensamiento. Imagina que puedes pescar un pensamiento en el río de la mente. De todos los peces que van nadando en él, corriente abajo, a veces uno salta y puedes ver con mayor claridad de qué pez se trata.

Si notas algún pensamiento y alcanzas a pescarlo, mira a ver qué dice ese pez. De qué está hablando… (mi mente está diciendo ahora, mientras escribo esto, los peces no hablan, qué pensará quien esté leyendo ésto sobre los peces habladores, ¿le parecerá una tontería el artículo?… Este es el pez pensamiento que yo acabo de pescar en el río de mi mente, mientras escribo). Y tú, ¿puedes pescar algún pensamiento aquí y ahora, mientras sigues leyendo? La mente es como un río, por el que transitan los peces, pensamientos de diferentes tamaños y especies, algunos son comestibles y otros nos hacen daño si nos los comemos… Aquí llega el momento del tercer paso…

Paso 3. Devolver el pez al río. Si continuas observando el río de la mente, y consigues pescar algún pensamiento… Y notar qué está diciendo ese pensamiento, también puedes, una vez observado, después de haberlo pescado, devolverlo al río… Dejarlo que siga corriente abajo, quizá continúes viéndolo delante de ti, en el agua…

Sin embargo, puedes decidir no comerte, no tragarte ese pensamiento si sabes que suele hacerte daño. Puedes observarlo como lo que es, un pensamiento que a veces pasa por el río de tu mente, porque eso es lo que hacen los peces, navegar los ríos… Y, aunque parezcan los mismos, siempre son peces distintos, aunque sean de la misma especie… Dejar que el pensamiento siga corriente abajo significa no reaccionar “comiéndotelo” cuando lo pescas, sino darte cuenta de qué tipo de pez es y, si no es comestible, o si no es hora de comer, dejarlo de nuevo en el agua…

Puedes practicar esto de observar a los peces durante el día, trata de ponerlo en práctica durante al menos una semana…

Ya sabes, al igual que el entrenamiento físico, ¡el entrenamiento mental también requiere tiempo de práctica!

     ———————————————————————————–

Hasta aquí algunas pautas para empezar a entrenarte en eso de pasar de la publi mental, que ¡al final se ha convertido en una especie de anuncios de pescadería!

pez pensamiento saltando en el río de la mente, con muy mala cara por cierto 😉

Espero que te haya resultado una mini experiencia enriquecedora, aunque sea tan sólo un primer acercamiento.

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Ayer me fui a la cama después de haber visto Buenafuente y el monólogo de Broncano en La Resistencia (por cierto…¿hay alguien que llame al programa de Buenafuente Lait Motiv?). Como te decía, me había ido a dormir, pero ocurrió algo así como apagar la tele y encender la mente.

De hecho, este artículo que escribo ahora es una de las muchas ideas que anoche se me acumulaban a empujones  detrás de los ojos cuando me fui a la cama.

Escogí ésta porque me hizo gracia imaginarme la mente como una experiencia similar a ver la televisión. ¿Que de qué hablo? Bueno, doy por hecho que has experimentado lo que ocurre al ver la tele (y también doy por hecho que has experimentado lo que ocurre cuando se tiene una mente).

Una de las cosas en las que se parecen ver la tele y tener mente es la falsa ilusión de control sobre lo que pasa ahí.

Una se dispone a elegir el contenido, incluso a ir directamente a por él, a la  zona de búsqueda. Cuando encuentras lo que buscas (¡sí, a veces ocurre!), le das al botón y empiezas a disfrutar (otras veces te conformas con lo que sea que estén emitiendo, y te tragas a los que hacen cabañas en mitad del bosque, a los leones devorando ñúes, o lo que sea).

Así que, llena de entusiasmo, empiezas a ver tu programa, serie, o lo que sea que te apetezca ver en ese momento (cuando es televisión de pago, además, das por hecho que no va a haber publicidad. Y ¡cuál es tu sorpresa!… de repente, ¡pum! ANUNCIOS… Pero ¡si es de pago!).

La tele te hace lo mismo que tu mente cuando, por ejemplo, te dispones a empezar ese libro que tantas ganas tenías de leer, o a hacer cualquier cosa que requiera un grado mínimo de atención: casi sin que te des cuenta… ¡pum! te cuela su publicidad sin que hayas tenido el más mínimo control sobre ello.

Con la mente además suele ocurrir que, te das cuenta de que estás en anuncios cuando ya llevas un rato tragándotelos. Te puede pasar algo parecido a eso que nos ha pasado a todas… pero…¿qué película estaba viendo?… Si era leer lo que hacías, y tu mente se ha ido a publi… pero… ¿de qué demonios iba este capítulo?…Si te ha pasado durante un encuentro sexual… dios mío, ¡me he ido por completo!

Esto puede pasarnos en situaciones muy variopintas, de hecho, nos puede pasar en todas las situaciones donde nos acompañe nuestra mente. De camino a casa, yendo hacia el trabajo, en el trabajo, mientras conduces, en el supermercado haciendo la compra, durante una conversación con otra persona, asistiendo a una conferencia, teniendo sexo, mientras te comes tu plato favorito, ¡mientras ves la tele!, ¡al tratar de observar a tu propia mente! al estudiar… En fin, en una infinidad de situaciones, tantas como puedas experimentar.

De la misma forma que pasa con los anuncios, la mente a veces nos ofrece contenidos que, si los compramos, nos acercamos hacia lo que queremos, o valoramos… Pero otras veces, que no son pocas, comprar lo que anuncia la mente puede llevarnos a sentir una intensidad de frustración nada desdeñable.

Y no solamente eso, sino que, sin darte cuenta, te has gastado lo que tenías (llámalo tiempo, fuerza, ánimo) en contenidos que no te llevan más que a tener la casa llena de enredos. Cuantos más contenidos mentales compras de este tipo, más ocasiones tienes de ir tropezando con ellos cuando te mueves por tu vida. ¿Te suena de algo? 

persona a punto de caer al tropezar con la misma piedra de siempre. Hace tanto por no mirarla, que se suele tropezar con ella…

Como los anuncios, la publi mental se dirige a nosotros en primera persona (también le gusta mucho utilizar  el verbo ser). Aunque se diferencia en que no lo hace en un tono tan adulador como la tele. La mente no suele decirte porque tú lo vales (por mucho que verbalices ese eslogan en voz alta).

Más bien lo que suele hacer es lo que en márketing se llama publicidad comparativa, de modo que te muestra lo mejor de los demás, en comparación con la mediocridad de ti mismo.


Una muestra de publicidad comparativa

El pensamiento tiene la capacidad de hacernos publicidad en cualquier situación de nuestro día a día. Es cierto, hay veces que estamos tan concentrados en lo que estamos haciendo, que pasamos de los anuncios y no nos gastamos nada en lo que nos ofrece la publi mental. Casi como si no existiera. Como cuando está la tele puesta pero la conversación que tienes con alguien es tan interesante que ni te enteras. Si eres uno de los afortunados que han desarrollado esta habilidad, ya sea naturalmente, o concienzudamente, ¡enhorabuena! (eso es lo que ahora llaman estar en estado mindful, o atención  plena).

Para el resto de los mortales, hay una buena noticia: esta habilidad se puede entrenar, no quiere decir que se pueda llevar a cabo siempre (es más, dudo que eso sea buena idea), pero sí que podemos tratar de dejar de consumir compulsivamente lo que la publi mental nos ofrece.

Pero, ¡¡¿eso cómo se hace?!!

No te preocupes, he preparado

este artículo con algunas herramientas para que empieces a poner en práctica eso de “pasar de los anuncios”

(en un principio lo iba a colar todo en este mismo artículo, pero he pensado que mejor digerir esta primera parte, y después tratar de pasar a la acción).

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